El vaquero

Por Diego Argüelles Parra
Redenthor79@gmail.com

Cojeando un poco de su pierna izquierda, uno de mis compañeros me confesaba hace unos días que a veces, como todos en su momento, se sentía cansado con el trabajo. Ya sea por los horarios, por la rutina o por un ocasional disgusto, todos pasamos por ese instante en el que queremos dejar todo tirado y correr tras un destino distinto. El camión de un cliente que vino a recoger mercancía traía un aroma familiar, ¿usted carga ganado, verdad?, le preguntó iniciando una conversación llena de esa nostalgia a la que siempre nos conduce la memoria olfativa. Cuando el señor del camión quedó convencido de que mi compañero dominaba todo lo referente a la cría de ganado, su respuesta fue “deme su número, mi jefe está buscando a un vaquero”.

A mí eso de buscando a un vaquero me hizo imaginar una pancarta con el dibujo de un tipo rudo, un retrato hablado de alguien por quien se ofrece recompensa. Los que no crecimos en una finca, entendemos por vaquero a un tipo a caballo con revólver y el cálido colorido del Lejano Oeste propio de las películas, o del famoso juego de Nintendo: “SunsetRiders”. Entonces me di cuenta de que vivimos en un cruce de realidades diferentes, una especie de portal donde universos alternos se solapan. Los vaqueros me son tan distantes como los dinosaurios, pero ahí estaba él, sacudiendo lo que consideraba una verdad absoluta.

Notando mi interés en el tema, y embargado por el recuerdo, mi compañero vaquero me compartía sus experiencias en el campo, impactando mi mente con situaciones mucho más allá del simple pastoreo. Extraer gusanos de una herida en la que una mosca puso sus huevos, rejonear alguna bestia que se aleja logrando atarla a velocidad olímpica, saltar de la montura y someterla entonces con un movimiento que sólo puedo asociar con el judo, dominando peso y fuerza con la técnica y el brazo del vaquero. El mismo brazo que debía meterse a las entrañas de la vaca cuando avisado únicamente por su olfato, se hacía necesario extraer las piezas de un aborto y reemplazarlas por óvulos contra la infección. Me habló de caminos de herradura y peleas a machete, a las cuales atendí con la misma emoción que si estuviera viendo un capítulo de “Samurái X”.

Me habló de los Llanos y de su magia, no sólo por la belleza del paisaje, sino magia de hechizos, bebedizos de amor, trucos con la ponzoña de ciertas anguilas de río, para herir a los ladrones de ganado mediante un maleficio a partir de sus huellas en el barro. Me sentía como Buzz Ligthyear explorando el mundo de Woody, si la película fuera de terror. Ese día mi compañero vaquero, una vez más, me abrió los ojos a mi ignorancia, y hoy le agradezco con respeto por sacarme de mi rutina y poder saborear por instantes ese destino distinto.

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